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MANDINGA EN LA NOCHEBUENA
Reelaboración de "La leyenda de la laguna"
tomada del libro ·Historia de San Miguel del Monte· de Sánchez Zinny por Roberto Sposetti

En las vísperas de la Navidad de 1778 el fortín de la Guardia de San Miguel del Monte Gárgano no era ni siquiera un caserío. Recostado sobre la orilla norte de la laguna no lejos de la boca del Totoral, era un rejunte oscuro de adobe y espadaña, de esperanzas y sudores, de fortaleza; rodeado por los restos de una empalizada endeble alzada contra el miedo y coronado con un mangrullo medio torcido, ojo avizor hacia el interminable horizonte del desierto.

En esa fenomenal extensión se escondía el indio. El enemigo. El bárbaro poseedor de estas tierras, el indómito infiel a quien era menester convertir y civilizar.

Esta no era ya la gesta del poder y de la riqueza, "El Dorado" fue un ensueño del que muchos hablaban. Esta era la aventura de la conquista por la cruz y por la espada. A cara o cruz.

El calor agobiaba. Desde la laguna quieta se venían en picada nubes de jejenes que al toparse con la humareda de los fogones retrocedían hacia los juncales. En la isla de los talas unas garzas levantaban el vuelo huyendo del atardecer.

Alrededor de un fogón y entre vigüelas que lastimaban el aire, Anselmo de la Cruz, Silvestre Cárcamo, Santos Molina y Diego Espinoza jugaban al tute. Anselmo era un hombre joven venido de los pagos de la Colonia del Sacramento, el menor de tres hermanos de una familia acomodada y aunque muy religioso, se escapó de su gente para no entrar al monasterio; él quería ser militar, pero el mayor de los hermanos ya le había robado esa elección. Diego Espinoza era español, o hijo de españoles que se vinieron para estas tierras; cuando rezaba lo hacía en voz muy queda y con una discreción que escondía acentos talmúdicos. Los otros dos eran militares venidos de los Buenos Ayres, hombres correctos, duros, dispuestos a darle pelea a la muerte y por eso mandaban.

Aun no había cura en La Guardia, y a pesar de su huída, el destino no le dejó otro camino a Anselmo de la Cruz que el de hacer escuchar la voz de Dios desde su voz. Parecía que su nombre y su origen le habían marcado la suerte. Después del tute, después de la cena, le tocaría a él guiar el rezo.

Tampoco había mujeres para alegrar el alma y calmar el cuerpo entre los veinticinco machos de este fortín del regimiento de Blandengues; ninguna se arriesgó a dejar jirones de sus vestidos prendidos entre los abrojos pungentes de la llanura inmensa.

Habían encendido seis fogones y en cada uno, cuatro soldados esperaban cuchicheando como comadres velando a un muerto.

En el mangrullo, el baqueano pampa Victoriano Barrios se adormecía apoyado en la lanza. El cabo Oliverio Páez se acercó al grupo que jugaba y cuadrándose medio ladeado, solicitó la veña para hablar al capitán Santos Molina.

-Hable nomás -le dijo -que estoy ganando el juego.

-Mi capitán -dijo Páez -le pedimos su permiso para ir, después del rezo, a buscar al entenado de mandinga a la isla de los talas. Hoy es nochebuena y es seguro que le sacamos ventaja y esta vez ganaremos la partida.

Santos Molina hizo un gesto de arrojar los naipes a la hoguera, pero de inmediato se contuvo.

-¡Está borracho Páez!. ¡Están borrachos todos o el calor les escaldó los sesos!

-Disculpe mi capitán -pidió Páez cuadrándose de nuevo.

-Olvíden la idea. -terció Cárcamo -No quiero que el malón de tehuelches se nos venga con la luna nueva. Ya saben que a la isla no han de ir sin riesgo de sus vidas y si es cierto que por ahí anda el Güecubú déjenlo andar. Dios lo guarde en el fondo del agua y no nos lo devuelva. -Y se persignó haciendo la señal de la cruz sobre su cara colorada y húmeda, iluminada por el fuego.

-Perdón mi teniente -volvió a decir Páez dirigiéndose a Cárcamo, dio media vuelta y se fue trotando hacia el grupo más alejado que lo miraba venir sonriendo.

-No tenemos permiso. -les comentó a los otros -Tanto peor. Nos iremos igual después del rezo. -Y se sentó en la rueda a cantar huellas y vidalas.

Cayó iluminada de púrpura la tarde y quedaron velados los talas de la isla por un manto de misterio. Molina había ganado en el juego de barajas, las guitarras se hicieron silencio, discurrió la mísera cena y luego la voz amarga de Anselmo de la Cruz leyó la Buena Nueva; todos dijeron su plegaria: algunos con la mirada clavada en el suelo, otros con los ojos hacia el cielo, Oliverio Páez tenía fijos los suyos en las sombras de la isla.

Se desearon buenaventura y resignación. Tomaron vino y aguardiente. Se fueron a dormir entre bostezos de agonía y sin saberlo . . .

Páez y otros quince se armaron de cuchillos, chuzas, ponchos; subieron a los caballos y secretamente pusieron proa al bulto emergido en la laguna, a escasa distancia de la boca.

Silbo de la brisa en el ramaje trenzado de los talas, rumor de ranas entre las cortaderas, aleteo de murciélagos apurando la libertad antes del día. Los soldados desmontaron, colocaron uno a uno sus pies en la tierra barrosa y mezquina de tan ajustada.

No fueron los primeros según cuentan. Fueron sí los últimos, porque la noche se los fue devorando uno por uno, tal y cual como violaron el suelo, sin un clamor, sin dar pelea.

Por el lado del fortín los pajonales se sacudieron. Esta vez el malón se enmascaró tras los rumores inocentes de la noche. Un tehuelche atravesó el límite de cañas. Otros vinieron a matar el sueño. Solamente se escucharon ruidos huecos como de corazones cuarteados. Ronquidos ahogados como de rabia seca. Susurros . . . Y después nada más que el aquelarre del fuego.

Cuando el sol vino a remediar lo imposible, del fortín no quedaban más que cenizas y no muy lejos de allí, un manchón de margaritas del campo, haciendo memoria por tanta sangre perdida. Expulsado de su territorio, el Güecubú arrastró la isla de los talas hacia otras noches de aguas secretas.

 

"El presente trabajo ha sido publicado en el libro de escritores montenses Bajo Palabra"



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