En las vísperas
de la Navidad de 1778 el fortín de la Guardia de San Miguel del
Monte Gárgano no era ni siquiera un caserío. Recostado sobre la
orilla norte de la laguna no lejos de la boca del Totoral, era
un rejunte oscuro de adobe y espadaña, de esperanzas y sudores,
de fortaleza; rodeado por los restos de una empalizada endeble
alzada contra el miedo y coronado con un mangrullo medio torcido,
ojo avizor hacia el interminable horizonte del desierto.
En esa fenomenal
extensión se escondía el indio. El enemigo. El bárbaro poseedor
de estas tierras, el indómito infiel a quien era menester convertir
y civilizar.
Esta no
era ya la gesta del poder y de la riqueza, "El Dorado" fue un
ensueño del que muchos hablaban. Esta era la aventura de la conquista
por la cruz y por la espada. A cara o cruz.
El calor
agobiaba. Desde la laguna quieta se venían en picada nubes de
jejenes que al toparse con la humareda de los fogones retrocedían
hacia los juncales. En la isla de los talas unas garzas levantaban
el vuelo huyendo del atardecer.
Alrededor
de un fogón y entre vigüelas que lastimaban el aire, Anselmo de
la Cruz, Silvestre Cárcamo, Santos Molina y Diego Espinoza jugaban
al tute. Anselmo era un hombre joven venido de los pagos de la
Colonia del Sacramento, el menor de tres hermanos de una familia
acomodada y aunque muy religioso, se escapó de su gente para no
entrar al monasterio; él quería ser militar, pero el mayor de
los hermanos ya le había robado esa elección. Diego Espinoza era
español, o hijo de españoles que se vinieron para estas tierras;
cuando rezaba lo hacía en voz muy queda y con una discreción que
escondía acentos talmúdicos. Los otros dos eran militares venidos
de los Buenos Ayres, hombres correctos, duros, dispuestos a darle
pelea a la muerte y por eso mandaban.
Aun no había
cura en La Guardia, y a pesar de su huída, el destino no le dejó
otro camino a Anselmo de la Cruz que el de hacer escuchar la voz
de Dios desde su voz. Parecía que su nombre y su origen le habían
marcado la suerte. Después del tute, después de la cena, le tocaría
a él guiar el rezo.
Tampoco había
mujeres para alegrar el alma y calmar el cuerpo entre los veinticinco
machos de este fortín del regimiento de Blandengues; ninguna se
arriesgó a dejar jirones de sus vestidos prendidos entre los abrojos
pungentes de la llanura inmensa.
Habían encendido
seis fogones y en cada uno, cuatro soldados esperaban cuchicheando
como comadres velando a un muerto.
En el mangrullo,
el baqueano pampa Victoriano Barrios se adormecía apoyado en la
lanza. El cabo Oliverio Páez se acercó al grupo que jugaba y cuadrándose
medio ladeado, solicitó la veña para hablar al capitán Santos
Molina.
-Hable nomás
-le dijo -que estoy ganando el juego.
-Mi capitán
-dijo Páez -le pedimos su permiso para ir, después del rezo, a
buscar al entenado de mandinga a la isla de los talas. Hoy es
nochebuena y es seguro que le sacamos ventaja y esta vez ganaremos
la partida.
Santos Molina
hizo un gesto de arrojar los naipes a la hoguera, pero de inmediato
se contuvo.
-¡Está borracho
Páez!. ¡Están borrachos todos o el calor les escaldó los sesos!
-Disculpe
mi capitán -pidió Páez cuadrándose de nuevo.
-Olvíden
la idea. -terció Cárcamo -No quiero que el malón de tehuelches
se nos venga con la luna nueva. Ya saben que a la isla no han
de ir sin riesgo de sus vidas y si es cierto que por ahí anda
el Güecubú déjenlo andar. Dios lo guarde en el fondo del agua
y no nos lo devuelva. -Y se persignó haciendo la señal de la cruz
sobre su cara colorada y húmeda, iluminada por el fuego.
-Perdón mi
teniente -volvió a decir Páez dirigiéndose a Cárcamo, dio media
vuelta y se fue trotando hacia el grupo más alejado que lo miraba
venir sonriendo.
-No tenemos
permiso. -les comentó a los otros -Tanto peor. Nos iremos igual
después del rezo. -Y se sentó en la rueda a cantar huellas y vidalas.
Cayó iluminada
de púrpura la tarde y quedaron velados los talas de la isla por
un manto de misterio. Molina había ganado en el juego de barajas,
las guitarras se hicieron silencio, discurrió la mísera cena y
luego la voz amarga de Anselmo de la Cruz leyó la Buena Nueva;
todos dijeron su plegaria: algunos con la mirada clavada en el
suelo, otros con los ojos hacia el cielo, Oliverio Páez tenía
fijos los suyos en las sombras de la isla.
Se desearon
buenaventura y resignación. Tomaron vino y aguardiente. Se fueron
a dormir entre bostezos de agonía y sin saberlo . . .
Páez y otros
quince se armaron de cuchillos, chuzas, ponchos; subieron a los
caballos y secretamente pusieron proa al bulto emergido en la
laguna, a escasa distancia de la boca.
Silbo de
la brisa en el ramaje trenzado de los talas, rumor de ranas entre
las cortaderas, aleteo de murciélagos apurando la libertad antes
del día. Los soldados desmontaron, colocaron uno a uno sus pies
en la tierra barrosa y mezquina de tan ajustada.
No fueron
los primeros según cuentan. Fueron sí los últimos, porque la noche
se los fue devorando uno por uno, tal y cual como violaron el
suelo, sin un clamor, sin dar pelea.
Por el lado
del fortín los pajonales se sacudieron. Esta vez el malón se enmascaró
tras los rumores inocentes de la noche. Un tehuelche atravesó
el límite de cañas. Otros vinieron a matar el sueño. Solamente
se escucharon ruidos huecos como de corazones cuarteados. Ronquidos
ahogados como de rabia seca. Susurros . . . Y después nada más
que el aquelarre del fuego.
Cuando el
sol vino a remediar lo imposible, del fortín no quedaban más que
cenizas y no muy lejos de allí, un manchón de margaritas del campo,
haciendo memoria por tanta sangre perdida. Expulsado de su territorio,
el Güecubú arrastró la isla de los talas hacia otras noches de
aguas secretas.
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