Para
los que buscan el origen de los acontecimientos en el arcano misterioso
que les da la vida, parecerán incomprensibles ciertos extremos
de la realidad que penetran en la leyenda. Olvídase que la más
fantástica de las creaciones imaginarias, es el fruto siempre
de una verdad palpable y que el hombre de mayor exuberancia y
fértil inventiva, no puede soñar nada tan sublime e increíble,
o doloroso y extraño, como lo que la vida simplemente nos depara.
Pero, ¿hay algo más sensacional que la vida misma?, y ¿qué es
la historia?.
Muchos
creen que es sólo la crónica exacta, y otros, más modernos, la
exacta interpretación de los hechos transcurridos. En unos hay
la ingenua labor del amanuence; en los otros, vive esa vieja malpensada
que llaman psicología, que pretende desentrañar la verdad oculta,
de la verdad ostensible. ¿Pero es siempre cierta una u otra? ¿No
pertenece muchas veces intimamente al sujeto como una pulsación
de su psiquis que nadie puede adivinar por presunciones exteriores?
Y el que interpreta, ¿es capaz de captar y valorar exactamente
una manera de sentir distinta y opuesta a la suya? Muy pocas veces
sí; casi siempre no. La historia en su aspecto amplio, cuando
más se universaliza, al perder detalle, gana en verdad.
Las transformaciones sociales y políticas de los pueblos son evidentes
y fácil es al escritor presentarlas dentro del marco exacto de
los sucesos y sus causas originales. Pero a la inversa, a medida
que se penetra en un hecho aislado, o en el pequeño rincón de
una vida que fue, se enmarañan las verdades y la confusión es
terrible. El género humano acepta divisiones de razas, aspectos
étnicos y morales. Aún admite verdades esenciales, así, en grandes
masas. Lo difícil es conocer no al "hombre", sino a ese "hombre".
La historia de Monte es la vida de "ese hombre", compleja en su
misma pequeñez. La suma de pasiones e intereses que desparramados
por la provincia caracterizan una época, tienen en la existencia
pueblerina magnificaciones inverosímiles.
La leyenda, eso que el hombre crea a semejanza de su propia vida
y con saturaciones de sus más recónditos anhelos, nace en ese
pequeño rincón regional. Aún al difundirse, busca en cada país
de adopción una reducida comarca donde irradia el perfume siempre
encantador de sus consejas. Monte tiene su leyenda. Era imposible
que no la tuviera.
Seguramente
se remonta a muchos años antes de que el hombre blanco pisara
las tierras de América. ¿Por qué? Porque siempre las leyendas
son de origen remoto y se pierden en la lejanía de los siglos.
La de Monte no puede exceptuarse de la ley común. Lo más extraño
de esta leyenda es que nadie la conoce en detalle. Guecubu vela
por el secreto y castiga con la muerte a los que osan descubrirlo.
Es el genio de la laguna y viste de púrpura. Como Neptuno habita
bajo las aguas. Todos los días al ponerse el sol sale envuelto
en su capa roja y penetra en la isla, perdiéndose entre los talas.
Nadie sabe más. El alférez Santos Molina, el sargento Castro y
el cabo Enrique, seguramente tenían noticias de la leyenda de
la laguna; y esa noche resolvieron conocer el secreto. Fue la
noche de Navidad. Indudablemente descubrieron el misterio; la
prueba es que ninguno pudo repetir lo que viera. Todos murieron.
Guecubu trajo a los indios. Pero desde el cielo una estrella contempló
la trajedia.
Esa noche nacía Jesús y todas las luminarias celestiales estaban
de fiesta. La vista del crimen reveló a Dios y en castigo expulsó
a Guecubu de la laguna de aquella comarca. ¿Dónde fue? Jamás se
supo. Sólo se encontró la capa tendida en el campo. En el mismo
sitio se extendió una mancha de margaritas rojas.
La
sangre derramada esa noche del 24 de diciembre rompe el maleficio.
Puede creerse que para que en el Monte fructificara el propósito
de fundar un pueblo, debiera producirse tan horrible sacrificio;
la verdad es que desde entonces comienza su ininterrumpida existencia.
Pareciera que los manes de esos muertos velan sobre el lugar propendiendo
al definitivo arraigo de los pobladores. También creeríase que
el rojo de la sangre derramada, se cristalizara en los blasones
de su escudo urbano, como el color heráldico de la nueva villa.
El rojo predomina en el uniforme de los blandengues; color bravío
que debió resaltar entre los grises del desierto como un desafío
a su fiereza, de la fiereza humana. Poco más tarde, la influencia
de ese color adquiere el fetichismo apasionante de un ideal, al
que para no desmentirlo debe ofrecérsele el sacrificio de la sangre.
Y como si el rojo, más que un símbolo fuera una cualidad regional,
toman su nombre las tropas allí reclutadas: los "Colorados del
Monte".
Durante más de dos décadas, a partir del año 1830, el rojo se
extiende por el pueblo del Monte como al conjuro de los inmolados
medio siglo antes. La sangre de esos muertos viste con el púrpura
de su tinte los hombres y las cosas y parece invitar a renovar
el sacrificio de las vidas, para que nuevos torrentes rojos sigan
tiñéndolo todo en una llamarada de odios y de muerte.